La hija de Albión
María amaba al mísero Fileno
como una virgen tierna y solitaria;
por vez primera rinde su albedrío
al tiránico amor que la avasalla.
En su palacio triste y silencioso
ningún acento dulce resonara,
hasta que los decretos de la suerte
al trovador Fileno allí llevaran.
Joven y tierno, bello y misterioso,
los ojos azulados contemplaba
de la beldad del Norte... y, mal su grado,
su corazón sensible palpitaba,
y allá en su mente rebuscaba ufano
de sus tiernos latidos otra causa
que no fuera el amor, y aunque su mente
halagarle quería, no acertaba.
Fuerza fue amar, y en la sonora lira
del Norte a la beldad dar alabanzas,
y suspirar, y en sus hermosos ojos
retratar los ardores de su alma.
María era sensible no ardorosa;
si acertaba a mirarle, sonrosada
su rostro con sus manos se cubría,
o su vista en el mármol descansaba...
Sólo una vez sus ojos hacia el cielo
se atrevió a dirigir con gozo y calma,
y entonces que Fileno daba oídos,
el eco repetía estas palabras:
«Ámale, dios de amor, cual yo le adoro».
¡Oh quien sabe cuál goza el que idolatra
a una hermosa del Norte, cuando escucha
un solo acento que dictara el alma!
Albión, Albión, tus bellas hijas
no prodigan amores ni alabanza,
pero ¡saben amar con tal dulzura!
Pero ¡son tan eternas sus palabras!
Pero ¡su mismo amor es tan sagrado!
Una voz suya me arrebata el alma,
una sola mirada me enardece,
y una sonrisa tierna me avasalla.
Era la noche, y la apacible luna
la ciudad silenciosa en luz bañaba;
todos yacían sobre el blando lecho
recreándose en sueños de esperanza;
sólo María al borde de los mares
pensativa la luna contemplaba,
cuando un ruido dulce y misterioso
por un instante suspendió su calma.
De nuevo escucha con pavor y espanto,
y pronto a los latidos que le asaltan
teme su bien... y en menos de un momento
ve su amante postrado ante sus plantas.
-«Ángel del sueño mío, yo te adoro»,
exclama el joven con la voz turbada.
-¿Quién, mancebo imprudente, aquí te trajo?
-El amor.- Dios eterno, ¿quién me salva?
-¿Quién? El amor, María, el amor mismo.
No te turbes, oh virgen, ya derrama
solaz divino el cielo acá en mi pecho,
en el tuyo también... también, si me amas.
Quien ama sólo teme ser odiado.
Ángel mío, la lengua se me traba,
sólo puedo decirte que te adoro;
Fileno es ya tu esclavo, te idolatra.
Yo también... y María enternecida
a pronunciar te amo no acertaba.
Entonces de la luna el curso lento
más lento parecía, y en su calma
el mar ni en desliz leve se movía.
Todo ventura y gozo presagiaba,
y un pecho noble resistir no puede
de feliz porvenir a la esperanza.
¡Oh! De tus ojos, por la vez primera
brotaron, oh María, ardientes llamas,
y hoy solamente se miró Fileno
sin siquiera encontrar que deseara.
Un beso... ¡oh bella virgen! No me atrevo,
no lo diré que se me parte el alma
al alterar tu paz. Pero ¿qué escucho?
¿Qué trueno brama en la lejana playa?
Allá en Iberia el horroroso bronce
de las discordias el pendón señala,
y la madre infeliz, rasgado el seno,
un ay de angustia y desconsuelo lanza.
Llegó a Fileno a la sazón que ardía
dentro su pecho la terrible llama.
-«¡Oh mi María! Yo te adoro, y siempre...
Pero me llama en su favor la patria,
que me dio asilo en mis primeros años.
¡Oh pura virgen! De tu boca salga
mi sentencia... El amor o el noble acero».
Lanza un suspiro y con terrible calma
trémula dice la afligida joven:
«Corre, Fileno, do el deber te llama».
Y cuando el joven divisó la Iberia
palpitó de contento. -¡Oh cómo grata
ha sido siempre al pecho bien nacido,
la vista encantadora de la patria!
Pero Fileno palpitó de nuevo
cuando pisó la arena de la playa.
Allí le estrechan en amantes lazos,
y una voz dulce que conoce el alma,
«te adoro» dice: la infeliz María
siempre te adorará... Dime que me amas...