Emoción vesperal
Hay tardes en las que uno desearía
embarcarse y partir sin rumbo cierto,
y, silenciosamente, de algún puerto,
irse alejando mientras muere el día;
Emprender una larga travesía
y perderse después en un desierto
y misterioso mar, no descubierto
por ningún navegante todavía.
Aunque uno sepa que hasta los remotos
confines de los piélagos ignotos
le seguirá el cortejo de sus penas,
Y que, al desvanecerse el espejismo,
desde las glaucas ondas del abismo
le tentarán las últimas sirenas.
Sobre este poema
«Emoción vesperal» es un soneto del ecuatoriano Ernesto Noboa y Caamaño (1889–1927), uno de los poetas de la llamada «generación decapitada», marcada por el modernismo y la melancolía.
Al caer la tarde, el hablante siente el deseo de embarcarse sin rumbo hacia un «mar no descubierto». Los cuartetos expresan ese impulso de fuga; los tercetos lo desmienten: las penas lo seguirán hasta los confines más remotos, y en el abismo lo esperan «las últimas sirenas». El poema es un ejemplo perfecto del tedio y el ansia de evasión modernistas.