Ego Sum
Amo todo lo extraño, amo todo lo exótico;
lo equívoco y morboso, lo falso y lo anormal:
tan sólo calmar pueden mis nervios de neurótico
la ampolla de morfina y el frasco de cloral.
Amo las cosas mustias, aquel tinte clorótico
de hampones y rameras, pasto del hospital.
En mi cerebro enfermo, sensitivo y caótico,
como araña poeana, teje su red el mal.
No importa que los otros me huyan. El aislamiento
es propicio a que nazca la flor del sentimiento:
el nardo del ensueño brota en la soledad.
No importa que me nieguen los aplausos humanos
si me embriaga la música de los astros lejanos
y el batir de mis alas sobre la realidad.
Sobre este poema
«Ego sum» («Yo soy», en latín) es un soneto de Ernesto Noboa y Caamaño (1889–1927), el poeta quiteño de la «generación decapitada». Es casi un autorretrato del poeta decadente.
El hablante declara su amor por «lo extraño», «lo morboso», «lo anormal», y confiesa que solo la morfina calma sus nervios de neurótico. La «araña poeana» alude a Edgar Allan Poe, modelo de estos poetas. En los tercetos, la soledad se convierte en virtud: lejos de los aplausos, lo embriaga «la música de los astros lejanos».