• Ya que para despedirme,
    dulce idolatrado dueño,
    ni me da licencia el llanto
    ni me da lugar el tiempo,

    háblente los tristes rasgos,
    entre lastimosos ecos,
    de mi triste pluma, nunca
    con más justa causa negros.

    Y aun ésta te hablará torpe
    con las lágrimas que vierto,
    porque va borrando el agua
    lo que va dictando el...