Mi montaraza

by José María Gabriel y Galán

I No hay bajo el cielo divino del campo salamanquino, moza como Ana María, ni más alegre alquería que Carrascal del Camino. En Carrascal nació ella, y si antes no fuese bella su natal tierra bendita, fuéralo porque la habita la rosa de monte aquella. No nace en tierra cristiana flor silvestre más lozana ni hormiga más vividora, ni moza más castellana, ni mujer más labradora. Hermosa sin los amaños de enfermizas vanidades, tiene unos ojos castaños con un mirar sin engaños que infunde tranquilidades. Sencilla para pensar, prudente para sentir, recatada para amar, discreta para callar, y honesta para decir; robusta como una encina casera cual golondrina que en casa canta la paz, algo arisca y montesina como paloma torcaz; agria como una manzana, roja como una cereza, fresca como una fontana, vierte efluvios de alma sana y olor de Naturaleza. ¿Qué extraño que los favores implore yo del Destino, si estoy enfermo de amores por la reina de las flores de Carrascal del Camino? II ¿Me quieres, Ana María? Yo me he soñado que sí; mas dudo que guarde impía la ingrata fortuna mía tesoro tal para mí; pues de esos montes no lejos, hay otros montes ceñudos con montaraces ya viejos que tienen hijos talludos atentos a sus consejos. Y sé que a esas alquerías van también ricos señores a celebrar cacerías, a dirigir sus labores y a ver sus ganaderías; y a mí me causa terror que en ese rincón de paz den contigo, rica flor, el hijo de un montaraz o el hijo de un gran señor. Felicidad que soñé, esposa que presentí, mujer que luego busqué y ángel que al cabo encontré deben de ser para mí. Dile al hijo del señor de la vecina alquería que dice tu servidor que no nació Ana María para caprichos de amor; que en las ciudades doradas encontrará lindas flores más suyas por delicadas... ¡Estas rosas coloradas no son para los señores! Pero si en ello porfía, por ladrón de mi destino..., ¡lo mato si pisa un día la raya de la alquería de Carrascal del Camino! Y el hijo del montaraz de Castropardo el mayor, el que oye mucho mejor la voz de un viejo sagaz que el grito de un noble amor, si busca montaracías que den en prados y montes excusas y regalías, llenos están de alquerías esos anchos horizontes; pues solo el amante fino que ante el encanto se rinde de tu mirar peregrino merece pisar la linde de Carrascal del Camino. ¿Me quieres, Ana María? ¿Me esperarás en la raya de tu divina alquería, cuando a la casa yo vaya que pretendo llamar mía? ¡Qué buen esposo me hicieras! ¡Qué hogar tan feliz tuvieras, si de ese monte feraz tú la montaraza fueras y fuera yo el montaraz! Sé por guardas y pastores que riges ya a maravilla la casa de tus mayores, donde, por buena y sencilla, te adoran tus servidores; y yo me tengo jurado ser un amo tan honrado y un montaraz tan cabal como el mejor que ha pisado los montes de Carrascal. ¿No sabes, Ana María que yo he tenido parientes en una montaracía y sé lo que son sirvientes y sé lo que es la alquería? Hogaño he mercado en Alba una yegua de Peñalba de rutilante mirar, tres años, negra, cuatralba, rica sangre y buen andar; un precioso bruto fiero con nobleza de cordero, blondas crines y ancha nalga, músculos curvos de acero y enjutos remos de galga. Y en este animal brioso, que nunca al trajín se rinde de su marchar vigoroso, vigilaré cuidadoso tus montes de linde a linde; y ni en los montes vecinos han de quedar clandestinos y atrevidillos pastores, ni furtivos cazadores, ni leñadores dañinos. Y corrigiendo criados, y amparando desgraciados, será nuestra casa un día vivienda de hombres honrados, colonia de la alegría. ¿Quién más dichoso ha de ser que el hombre que va a tener bellos campos que cuidar, sabroso pan que comer y esposa a quien adorar? Deudos que enfermo me halláis, amigos que me estimáis, hombres que me conocéis, todos los que me queréis, todos los que me envidiáis, ¡pedid en justa porfía que me conceda el Destino la mano de Ana María y aquella montaracía de Carrascal del Camino!

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