Madrigal
Los brazos de Damón y Galatea
nueva Troya, torciéndose, formaban
(que yo lo vi, viniendo de la aldea);
sus bocas se abrazaban
y las lenguas trocaban.
En besos a las tórtolas vencían;
las palabras y aliento se bebían
y en suspiros las almas retozaban.
Mas él, estremeciéndose, decía:
“¡Ay, muero, vida mía!”
Y ella, vueltos los ojos, le mostraba
en su color lo mesmo que le daba.
Fue tan dulce este trance y de tal suerte
que quiso parte del la misma Muerte,
pues quedando sin fuerza y sin aliento,
entrambos despidieron el contento.
Y las niñas hermosas,
que, al fin, de vergonzosas se escondieron,
ya tristes, de envidiosas,
a los divinos ojos se volvieron,
dando armas a Damón con que venciese
al arrepentimiento, si viniese.
(Poema número 413 de la edición de J. M. Blecua.)
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Sobre este poema
Este madrigal de Francisco de Quevedo (1580–1645) es el poema número 413 de la edición de José Manuel Blecua. Quevedo, maestro del conceptismo barroco, escribió tanto poesía satírica como amorosa y metafísica.
El hablante narra lo que vio volviendo de la aldea: el abrazo de los pastores Damón y Galatea, tan intenso que sus brazos forman «nueva Troya» y sus almas «retozan» en suspiros. El juego con la muerte —«¡Ay, muero, vida mía!»— recoge la vieja metáfora del éxtasis amoroso como muerte, en el tono pastoril y galante del madrigal.