Décimas
Para templar el calor
de la estación y la edad,
me abandonas sin piedad,
mi hechizo, mi único amor.
Te engañas, porque el ardor
de un alma fina y constante,
si está de su bien distante,
crece en el agua, en la nieve,
y sólo templarse debe
en el seno de un amante.
Ven, pues, dulce amiga, luego,
que tú eres la sola fuente
que puede mi sed ardiente
saciar, y templar mi fuego.
En vano buscaré ciego
más gracia, más perfección,
otro afecto, otra pasión,
porque tus ojos divinos
solos saben los caminos
que van a mi corazón.
Sobre este poema
José Joaquín de Olmedo (1780–1847), poeta y político de Guayaquil, es famoso por su oda épica La victoria de Junín, dedicada a Bolívar. Estas décimas muestran su lado más íntimo.
La amada se aleja para «templar el calor / de la estación y la edad». El poeta le responde que se engaña: el ardor de un alma constante crece con la distancia, y solo ella puede saciar su sed. La décima, estrofa de diez versos octosílabos, da a la declaración un tono ágil y galante.